Desde hace unos años se ha vuelto tradición que con el inicio del año también venga el anuncio del line up de Coachella, y este 2023 no fue la excepción: el martes 10 se dio a conocer que la edición más próxima tendrá como cabezas a Bad Bunny, Blackpink y Frank Ocean, acompañados de otros nombres importantes como Gorillaz, Björk, Rosalía, The Chemical Brothers, Porter Robinson, Kali Uchis y un largo pero largo etcétera.
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Al ser el festival más mediático del mundo, la discusión en torno a su curaduría no se hizo esperar y, curiosamente, el distintivo de tener al primer headliner latino de la historia y al primer proyecto headliner asiático de la historia pasaron a segundo plano por la notoria ausencia de bandas de Rock.
O al menos, de lo que esencialmente se reconoce como una banda de Rock.
En realidad es una conversación de años que simplemente llegó a su punto más álgido; y aunque los detractores del cartel argumentan un bajón en la calidad de los artistas que se presentarán, este line up de Coachella simboliza algo mucho más grande -y trascendental- para el momento actual de la industria musical: el paso definitivo al recambio generacional de los proyectos que dominan la escena y sus respectivas propuestas.
Aunque no lo parezca, las muertes de iconos como David Bowie, Prince, Aretha Franklin, Charlie Watts o Jeff Beck apenas esta semana, no son hechos aislados con la aparición de artistas como Beyonce, Chaldish Gambino, Ariana Grande, Harry Styles, Kendrick Lamar y ahora Bad Bunny o Blackpink.
Por la sencilla razón de que ambos pertenecen al ciclo natural de la vida. El tiempo no perdona y nunca lo ha hecho, ni siquiera para un negocio que factura miles de millones por año: basta con revisar la prensa especializada de los 50, los 60, los 70, los 80 y básicamente de cualquier era desde que la música se hizo industria para darse cuenta que el cambio de mando en los artistas que lideran el mainstream siempre ha generado tensiones entre todos los involucrados.
En algún momento los Beatles también fueron criticados por venir a “reemplazar” a Robert Johnson y Pink Floyd fue atacado por ocupar el lugar de los Beatles y The Clash y los Sex Pistols fueron desdeñados por “ensuciar” el legado británico de Pink Floyd y Queen y después apareció Michel Jackson y Earth, Wind & Fire, que fueron señalados por despolitizar la música de The Clash y los Sex Pistols, y después también tundieron a The Cure y a The Smiths por su mirada pesimista de las cosas que se sobrepuso a la alegría de MJ; y después buscaron segregar a A Tribed Called Quest y a Public Enemy por su discurso antirracial y contestatario; y después se vino el encuentro entre el Grunge y el Britpop, y después apareció Britney y las boybands para suavizar las cosas otra vez, llegó la era del Emo Punk para decir que el Pop de Britney y las Spice Girls era una ficción y después la generación de Kanye, Lil Wayne y 50 Cent para decir que los Emo Punk eran niños mimados de clase media y mientras tanto los Arctic Monkey, The Strokes y Yeah Yeah Yeahs tenían su propia batalla para decir que sí eran Rock de verdad y entonces criticaron a Lady Gaga y a Katy Perry por extravagantes y entonces vimos el surgimiento de Kendrick Lamar y Janelle Monae y así hasta la era dorada del Reggaeton.

Ya lo dijo Bad Bunny: “Baby, la vida es un ciclo”.
O también lo dijo el dicho popular: “como me ves, te verás”.
Y seguramente, así como tu papá y tus tíos te decían que Rage Against The Machine y Daft Punk eran “puro ruido”, tú le dices lo mismo a tus hijos y sobrinos cuando escuchan a Lil Nas X y Rosalía.
Lo peor es que muchas de esas críticas generacionales vienen desde el prejuicio y no desde el conocimiento de causa.
Y jamás se han tomado el tiempo de escuchar nombres del cartel que podrían ir acorde a sus gustos, porque tampoco es obligación que la gente le tome el gusto al Reggaeton o al KPop; pero en esa discusión irracional e interminable, no se permiten escuchar actos como Yves Tumor, que tiene más similitudes con Jimi Hendrix de las que podrían imaginarse, por ejemplo.
O de la misma Rosalía, de la que solo se habla a partir de “Motomami” y “Chicken Teriyaki” pero no de “Delirio de Grandeza” y el cómo es un bolero futurista; o ”Flor de Sakura” y su reflexión sobre el éxito y la soledad.
Ejemplos sobran pero el público prefiere acomodar la historia según sus propios intereses, porque tampoco recuerdan que el mismo Coachella pasó por un periodo financiero complicado que lo orilló a una crisis de la que por poco no se levanta, cuando entre 2007 y 20014 sus line ups dejaron de ser atractivos para nuevas generaciones y tuvieron que modificar los criterios de su curaduría para sobrevivir.
En realidad no se trata de defender a Coachella como el mejor festival del mundo, porque tal vez le falta el pedigree de Glastonbury o el orígen mítico de Lollapalooza (que, por cierto, también ya programa Reggaeton y KPop en su alineación); pero es, sin duda, el gran escaparate de la industria para medir en dónde está parado el negocio y hacia dónde va.
Lo cual, con todo y las prácticas cuestionables de esa misma industria, también sirve como tabulador de las inquietudes artísticas, estéticas y discursivas de toda una generación.
Aquí parece pertinente cerrar con una pregunta: ¿realmente somos amantes de la música o solo somos humanos aterrados por ver cómo el mundo avanza sin nosotros?
Me gustaría tener la soberbia para responder dicha pregunta; pero sé que el tiempo, como a todos, me aplastará y solo quedarán dos opciones: abrazar al tiempo o morir debajo de él.