Desde temprano, los exteriores del Polyforum se abarrotan con un aire bohemio. Hay una atmósfera trap-tástica y ritmos adecuados para calentar el beat y las piernas de los que hoy han venido a ser parisinos por una noche. Teen Flirt llena la blanca carpa que resguarda mezclas precisas, quirúrgicas y llenas de vibra. Desde Monterrey, el estilo particular de fiesta norteño se gana el aprecio capitalino.
A las 23:10 en nacen los sonidos sintéticos y un ritmo hipnotizante, rompiendo una obscuridad total con pinceladas de luz azul. El venue está a reventar y Tellier ingresa por al escenario con ‘Pepito Bleu’. Su voz comienza a llenar lentamente la caverna en donde ‘La Marcha de la Humanidad’ es abrazante como el propio Sébastien —envuelto por la estela zafiro—, rompiendo el templete desde en medio, armado con una Flying V y flanqueado por un set up de luces que reverbera al unísono con los la percusión electrónica, por cada espacio del Siqueiros.
Inmediatamente se puede sentir y saber que su esencia traspasa géneros y que las razones para considerarle un verdadero músico, un instrumentista consumado, son todas justificadas.
También inunda el aire un aroma extrañamente familiar, tan intoxicante como el acento en el hablar de Tellier, quien se pierde en el sorbo a una cerveza a la que culpa de tener “LSD or some shit [sic]”. El histrionismo tampoco se escatima en este íntimo espectáculo.
Si algo demuestra este hombre a cargo de ponernos a soñar despiertos, es que, en selectas ocasiones, el arte trasciende a los vapores etílicos aquí ausentes, al estupor que genera lo accesorio en un espectáculo donde la música conquista, domina. Posee los oídos y las mentes de los presentes, para servir de vehículo al mundo donde lo etéreo se convierte en las cuatro melodías de su ‘My God is Blue’, traversando desde ‘Against The Law’ a ‘My Poseidon’ y hasta ‘Cochon Ville’.
Es indudable que el humor fino y transgresor — tal que el french touch— y la clase total, sólo puede venir de ese de bonheur, en un empaque impactante y cien por ciento galo, ejemplificado magistralmente en la forma de sus ‘Fingers of Steel’ (‘Sexuality’, 2008).
Para este quinto tema elige hacer clara su intención de llevarse a la boca algo que puede fumar, pero que no es un cigarrillo. El trance continúa. Es químico, melódico, fotoluminiscente, automático. La masa es una, que vibra y se mueve de izquierda a derecha y alza las manos con Sébastien. Lo mismo da que quien baila tenga los pies envueltos en lona blanca o roja y una estrella inscrita de Chuck Taylor o que sea la bella figura de una fémina, que podría partir plaza en el lugar más chic de la ciudad con su little black dress y pumps Loboutin. Tellier se erige sobre los cases arañando la bóveda y a los asistentes con unas manos frenéticas.
Hay una sincronía sobrehumana entre la melena, las luces y los robustos acordes del sintetizador. Se congela momentáneamente su flujo esperando el silbido, el aplauso y el alarido. De nueva cuenta el grafitti luminoso, que se enreda entre la plástica del lugar. Hay elogios por parte de Sébastien para el arte que nos rodea y sus historias siguen bordadas con el encaje alucinógeno del ácido lisérgico: flashbacks y fast forwards a momentos que nos son ajenos, desconocidos. Pinta cuadros poderosos como los que confiesa se han disuelto algunas veces en su boca.
Es difícil comprender su monólogo. Pero no debe hablar para que los presentes le asimilen. Basta con las profundas percusiones para fracturarnos el tórax, para sumergirnos en aguas obscuras, azules y plácidas de ‘Russian Attractions’ y ‘Kilometer’. Tellier nos dice que entre iteraciones vocales de “La Cucaracha” que sólo quiere una cerveza y nos daría mucho dinero por una sola. Balbucea, tose, se expresa y canturrea entre piezas.
“Cuándo haces música tienes que ser tú mismo, ¿sabes? Simplemente estoy siendo yo mismo…” nos dice mientras canaliza un espíritu de juglar que podría venir heredado del propio Molière.
Improvisa y sigue entre bromas y anhelo de cerveza. Nos habla de su madre: “a very intelligent woman, but so fat! Hahahaha [sic]”. Se disculpa y regresa a la música. Es evidente que posee la misma cordura que aquel a quien escoltan los guardias del lugar, acompañado también por un aroma herbáceo, verde y penetrante.
La versatilidad del espectáculo al aproximarse una hora de comenzado, nos ha llevado por distintos paisajes y tiempos, en ‘Divine’ pudiéramos bien ser los extras del cine francés de los 60, con Alain Delon, para acabar en en Notre Dame, bañados por el color de los vitrales y sometidos por las pipas de un órgano que sólo existe en nuestras mentes. Hay flangers profundos, amplios, casi místicos. Como los cantos de un chaman francés que se emiten desde las guturales cuerdas de su guitarra, hipnotizando a serpientes que danzan con el grave pulsar a 120 BPM, estallando en policromático y ensordecedor acorde. Hay estrellas amarillas en nuestra caverna. Ominoso se replica acelerando el beat de ‘Sexual Sportswear’, que termina en total obscuridad.
Seguido a un “muchas gracias”, Se disculpa por que en la escuela nunca fue muy bueno en español, pero nos pide que “sólo escuchemos la música”, entre una claridad que sólo puede emanar desde su Noord y un juego de luces que se asemeja a las columnas de un templo a la armonía y la belleza en ‘La Ritournelle’.
Después de este viernes, aún no puedo estar seguro de que Dios exista. Sin embargo puede ser la increíble verdad de que esa —mi hipotética deidad—, también sea un arpegio barroco de Tellier. Sería mi amor y mi violencia y seguro también sería bleu… como la blusa de la bellísima ninfa francesa, que terminó el concierto bailando lento frente a mí… Es posible, sí.