Anoche ocurrió el ansiado momento. Morrissey regresó a la Ciudad de México para ofrecer la primera de dos presentaciones en la capital del país, reencontrarse con su ferviente público y estremecer a una audiencia ávida por verlo sobre el escenario; sin embargo, antes de que esto ocurriera los asistentes escucharon la música de la artista norteamericana Kristeen Young.
Entre ansiosos y desconcertados por la propuesta sonora de la joven, cuya potente voz resonó en cada rincón de El Plaza Condesa, la gente esperó con impaciencia a que Kristeen terminará, y aunque no faltó quien rechiflara o gritara de forma grosera hacia ella, la mayoría aplaudió cada interpretación hasta el final de su show.
Unos minutos de espera, amenizados por videos de Sparks, New York Dolls y Serge Gainsbourg, entre otros, y la enorme tela blanca que cubría a los músicos cayó, para después ver la figura del exfrontman de The Smiths. Los gritos no se hicieron esperar y entonces sonó ‘I Want The One I Can’t Have’, contenida en el “Meat Is Murder” de 1985, lanzado por la emblemática banda antes mencionada. Aún no terminaba la euforia cuando iniciaron los acordes de ‘First Of The Gang To Die’, canción ya de su etapa solista que fue cantada por todos los asistentes.



Con la elegancia histriónica que lo caracteriza, la inconfundible tonalidad de su voz y los espontáneos rugidos y gritos apagados que hace en presentaciones en vivo, el nacido en Manchester tenía al público a sus pies, aplaudiendo, gritando y disfrutando el memorable encuentro.
Entonces ofreció cortes como ‘You’re The One For Me, Fatty’, ‘Black Cloud’ y ‘Maladjusted’, entre los cuales agradeció en español, hizo gestos de entrega y repitió en más de una ocasión: “I am home”. En ese punto de la noche llegó una de las canciones más coreadas, ‘You Have Killed Me’, para seguir, minutos después, con uno de los momentos más crudos de su presentación: la proyección de imágenes donde reses y pollos eran asesinados y/o mutilados con crueldad, teniendo de fondo -por obvia razón- ‘Meat Is Murder’; manifiesto perfecto de su ferviente vegetarianismo y la proactiva difusión que hace de él.


Otra de las muestras de su etapa en solitario fue ‘Everyday Is Like Sunday’, parte de su disco “Bona Drag”, de 1990. La velada parecía perfecta, especialmente para aquellos que estrecharon la mano del polémico intérprete y para quienes pudieron entregarle una carta. Para quien escribe esta reseña, el mejor momento fue ‘Ouija Board, Ouija Board’, tan sólo una muestra de lo melancólicamente profunda que puede ser la lírica de este emblemático compositor.



‘I Know I’ts Over’ sería el principio del fin, pues después de ella Morrissey sólo interpretaría ‘Scandinavia’ y ‘Speedway’, arrancándose la camisa azul que portaba y saliendo del escenario entre aplausos y gritos del respetable. Un encore, clásico de los conciertos. Quizá por eso a la gente no se sorprendió demasiado cuando Moz regresó, vestido ahora con una playera brillosa color café, para interpretar ‘Still Ill’.
Siempre agradeciendo por la entrega y el amor del público, Steven Patrick abandonó el escenario, sus músicos lo siguieron y la gente no entendía bien lo que ocurría, por lo que hubo quienes no se movieron de su sitio, pidiendo a gritos que volviera y reviviera la magia. Y aunque el staff técnico ya desenchufaba instrumentos y recogía cables, el ruego del público continuó. Gritar su nombre, cantar el ‘Cielito Lindo’, arrojar vasos por el enojo y hasta mostrarse ofensivos, nada de eso sirvió, pues Morrissey se había despedido y nada haría que regresara.
Poco más de hora y cuarto duró el encuentro con el emblemático cantante; no lo suficiente, sin duda. Y aunque el evento será recordado por muchos justo por ese “pequeño detalle”, no puede negarse la entrega mutua que ocurrió en el efímero concierto.



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