San Pablo es la tercera ciudad más grande del planeta. Más de siete millones de autos la atraviesan todos los días y su arquitectura no hace más que estirar hacia arriba esa monstruosidad que se percibe no sólo en cada dato duro, sino también en cada avenida, cada café, cada sándwich. Por eso, no llama la atención que lo que pasa límites adentro del predio del Jockey Club tenga una continuidad lógica con la ciudad que queda afuera. Lollapalooza Brasil es, por supuesto, inmenso, inabarcable y congestionado. Rebalsa de estímulos que se chocan y no parece dispuesto a quedarse en la mediocridad. Pero lo más importante es que logra transformarse en uno de los festivales más particulares del mundo gracias a ese color paulista que mezcla casi instintivamente sabor local y deseos de grandeza global.
En ese contexto, el primer día del evento estuvo marcado por la sensación de novedad y la necesidad de adaptación. Los accesos, las distancias, los seis escenarios (incluyendo uno para niños), la lluvia, los “espacios de sombra” estratégicamente ubicados y equipados; todo fue objeto de estudio y se analizó en función del recorrido planteado. Porque, obviamente, en un acontecimiento de esta magnitud es imposible ver todo lo que uno quisiera y lo que haría falta para dar cuenta del espíritu y las vivencias que ofrece Lollapalooza. Por eso, no queda otra que elegir el festival que uno quiere ver y no preocuparse por la abundancia de oferta que intenta marearnos.
Una cosa que llama la atención: no hay prácticamente artistas brasileros que toquen en horario central. En general, están distribuidos al inicio de la grilla y como una especie de antesala de grupos incluso de menor trayectoria y trascendencia, como Of Monsters and Men, banda islandesa que, con apenas tres años de carrera y un pop acústico pero grandilocuente (con golpes de piano machacantes, trompeta, acordeón y voces simples pero multiplicadas a coro), logró la primera gran ovación de la jornada y generó una comunión total con el público. Cada palabra de la dupla de vocalistas fue celebrada y la gente que habitaba el escenario Butantã levantó todo el tiempo sus manos para acompañar los épicos pero previsibles climas de las distintas canciones.
No ocurrió lo mismo con The Temper Trap, al menos en un comienzo. La banda dio un show que no se salió de la media de guitarras estridentes, bases potentes y teclados a-la-Coldplay. Sin embargo, el talento vocal (exquisito, clásico y moderno a la vez) del cantante Dougy Mandagi quedó opacado en gran parte del concierto por el sonido gigante formato festival. Más allá de eso, algunas de las canciones más sentidas del primer día vieron la luz en los momentos más pacientes del set de los australianos, quiénes además mostraron a uno de los grandes personajes de Lollapalooza: ese Óbelix contemporáneo (y un poco más delgado) que adoctrina incansablemente a su bajo, baila como si fuera Will Ferrel y responde al nombre de Jonathon Aherne.
Otro inscripta en esa lista es, sin dudas, Alice Glass. La cara femenina de Crystal Castles subió al escenario encapuchada, tirando un vaso y abriendo inmediatamente una botella de whisky. Casi no se la escuchó y sus alaridos deformes quedaron muy por detrás del atentado de sintetizadores de su alma gemela, Ethan Kath. Pero para los muchos que se acercaron al pequeño escenario Alternativo hambrientos de performance y baile no hubo grises. Falló la ecualización, casi ni se distinguieron los matices y las interpretaciones estuvieron lejos de ser memorables… sí, claro, ¿y eso a quién le importa? El show del dúo canadiense fue el más pobre técnicamente, pero no hay dudas de que consiguió uno de los mayores niveles de intensidad.
Y justo cuando el barro empezaba a colarse entre la ropa y la piel, los Flaming Lips lo convirtieron en parte de su puesta en escena. Porque atravesar un pantano descomunal al atardecer y encontrarse con Wayne Coyne meciendo un bebé electrificado no es cosa de todos los días. Más aún cuando, casi de repente, la banda empieza a tocar una música conocida y, al mismo tiempo, de otro planeta. (Si la teoría detrás de “Hombres de Negro” fuera cierta, no quedan dudas de que estos tipos serían extraterrestres radicados en la Tierra.). Lejos de la aclamación popular y estrenando buena parte de “The Terror”, la banda generó una atmósfera única y se mimetizó con una escenografía de ciencia ficción clase B y con unas visuales que ya forman parte del podio del festival. Finalmente, el grupo de Oklahoma confirmó porqué “Yoshimi Battles The Pink Robots” (2002) es uno de los discos clave para entender la música de los últimos treinta años, ofreciendo hermosas versiones de la primera parte de la pieza que le da título al disco y de ‘Do You Realize??’, dos de las n canciones que todo amante de la cultura rock tiene que ver y escuchar en vivo antes de morir.

Frente a eso, la jovialidad motownesca y sintetizada de Passion Pit o el efectismo de Deadmau5 nada pudieron hacer. Pero tampoco pudieron Brandon Flowers y sus Killers, con un show que contó con una atención masiva impresionante (por lo menos 40.000 personas viéndolos a ellos) y que, gracias a una performance impecable, sirvió para candidatear al grupo de Las Vegas como la próxima gran banda de estadios. No. Porque más allá de los fuegos de artificio y las luces, ninguna otra banda fue capaz de plantear siquiera un espectáculo audiovisual cercano al de los Flaming Lips. Ni tampoco nadie mejor Wayne Coyne para tomarle el pulso a San Pablo inventando historias sobre aviones que, en vez de aterrizar en el aeropuerto, chocan contra la ciudad y convierten el caos en infierno.