El segundo día del Maquinaria revivió. “¿Que pedo, quieren rock?” preguntó Albar Alcantar, vocalista de Apolo, a los asistentes que ya empezaban a llenar la pista de la Arena Ciudad de México. “Siento pudrirse mi interior”, cantó, acompañado de Iván Almanza (quien se desquitó, feliz, con su batería, mostrando una ejecución impecable), Iván Sotelo a la guitarra y Santiago Villalba en el bajo. La joven banda de Chihuahua, fundada en 2007, mostró tener buenas tablas con su música heredada de los sesenta y setenta, de Led Zeppelin y Black Sabbath, con el sencillo que promocionan actualmente, ‘Guajura’, o con su track ‘La Noche’.
Pero Alcantar tuvo que dar la cara por su banda y se enfrentó a la gente que en principio les aplaudió y que de pronto ya les lanzaba rechiflas. Trató de limar asperezas, presentando el cartel de esa noche. Aplaudieron al escuchar los nombres de Stone Sour, Deftones y Marilyn Manson. “Venimos desde la tierra del desierto”, dijo, y aún así no consiguió que dejaran de lanzarle vasos y otros objetos, pese a que su música, sí, árida y sicodélica, no diera tregua. “Esto es por el moho que tienen en el culo”, les dijo entonces, y la banda siguió ejecutando su rock and roll en español –orgullosamente mexicano, acotó Alcantar– que les ha llevado por diversos escenarios de la república y que los hace disfrutar de su música al ejecutarla, aún frente a la adversidad.
La potencia con que comenzó Stone Sour provocó una marea imparable. “No one is laughing now”. Con sólo pronunciar “Hello Mexico City”, Corey Taylor atrajo el griterío, quien dejó ver su rostro más limpio. Sonreía ante el vitoreo de su nombre: “gracias amigo, ¿cómo estás?”, y aseguró que esa era su primera vez en México. “¿Están listos para volverse locos con nosotros?”; no hacía falta preguntárselo a toda esa gente que estaba vuelta loca desde el inicio. ‘Hell And Consequences’, “¿Van a saltar conmigo?, y la gente ya estaba saltando. ‘Made Of Scars’ subió la marea aún más, mientras Corey apenas y se despeinó; ni si quiera pasó cuando mateaba al ritmo de sus cambios bruscos de voz.
Tocaron material de su álbum “Audio Secrecy” (‘Mission Statement’). Taylor se dirigió siempre a su público con una sonrisa. Pero nada sería de él sin el soporte de sus músicos: James Root y Josh Rand en la guitarra, Shawn Economaki al bajo, Roy Mayorga en la batería. A pesar del caos que provocó, Taylor persistió en ofrecer sus canciones para instar a la locura. De pronto, un enorme hueco se abrió entre la gente: el slam jaló a varios como un hoyo negro. “Un honor y un privilegio estar contigo; todas las bandas tienen que venir a la Ciudad de México”. Say or promise? destensó un poco el lazo que unía al también vocalista de Slipknot con su público, pero pronto lo recuperó; del aniversario décimo de su primer álbum –homónimo– tocó ‘Blotter’. Corey recogió las cosas que había en el piso: “¿lucha libre?”, se preguntó, y por un instante se puso la máscara que le arrojaron. De pronto tomó la guitarra para tocar ‘Bother’ y algunos encendedores aparecieron, después las pantallas de unos celulares. Para el cierre con ‘30/30-150’ le dijo a la gente, completamente suya: “Gracias por hacer que este show no lo olvidemos jamás”.
La pista estaba mucho más poblada que el día anterior. Una pieza fúnebre sonó: todavía era día de muertos. ‘Diamond Eyes’ y ‘Rocket Skates’ abrieron el concierto de Deftones. “¿Qué pasó hermanos?”, saludó Chino Moreno a la gente en la tercera canción (‘Be Quiet And Drive (Far Away))’, la cual fue un terremoto que llegó hasta las gradas. La energía y vitalidad de las canciones de su último disco se hicieron sentir. ‘My Own Summer (Shove It)’, uno de sus clásicos, incidió en cavar más profundamente la pesadez, porque era una energía densa, oscura, que jalaba las cabelleras, las cabezas, hacia el piso. Los estrobos daban directo al rostro como los guitarrazos al oído, mientras el viento ondeaba la cabellera de Stephen Carpenter. La ausencia de Chi Cheng trajo consigo ‘Rivière’.
De pronto, la música parecía derretirte: ‘Fireal’ Moreno se acercó hasta los fans que se amontonaron para tocarlo y, de ser posible, jalarlo hacia ellos… acabó con la camisa desabotonada; azotó el micro al suelo y por un momento dejó de sonar. ‘Knife Party’. De pronto tomaba la guitarra y daba inicio a la canción ‘Change (In the House Of Flies)’. Ahí todo recobró la vida que de pronto se había perdido. El slam se formó ya en el encore que a todos enardeció e hizo aplaudir: ‘7 Words’, el final.
El maquillaje de algunos –el rostro a rayas, una franja púrpura que atravesaba los ojos– delató su gusto: esperaban con ansia la llegada del reverendo. Pero no sólo era la pintura en la piel, también las playeras con su rostro estampado que esperaban verlo llegar. La pista atestada presenció el levantamiento del oscuro telón. Ahí, con las luces encendidas hacia el público, permaneció. Sonaron un par de canciones –si acaso es útil la precisión ‘Disposable Heroes’, de Metallica, y ‘Children of the Grave’, de Black Sabbath– y empezó. Una melodía dulce los mantuvo aún más a la expectativa. Manson comenzó a cantar desde las tinieblas y cuando por fin se dejó ver portaba una máscara. Guitarrazos y algunos dobles bombos sumergieron a todos en su terreno: un vaivén de pasos en la oscuridad. Cuando un rayo de luz lo alcanzó, presentó ‘Disposable Teens’. El reverendo se reía, se hincaba; caminaba como zombie por si alguien pensaba que el día de muertos había terminado. Ocultó su rostro tras la bandera nacional que recibió del público y sus hábitos de papa lucieron en ‘The Love Song’, con una pistola en la mano que disparaba humo.
‘No Reflection’ fue su siguiente acto y un cuchillo era su micrófono: éste reflejaba las luces multicolor que sobre él caían. Mandó besos a la gente que atascó la pista para verlo cantar ‘mOBSCENE’. Marilyn se mantuvo alejado de la luz lo más que pudo, y en esta canción llevaba un sombrero puesto. Arrojaba los micros, los atriles, se reía. Con eso bastó para tornar el ambiente lúgubre, asfixiante. Animadversión, transgresión a los oídos y a la vista: eso era lo que el reverendo provocaba, sin importarle nada. También tiraba las luces, cantaba de espaldas. Lo que decía, apenas se entendía. Tomó la guitarra y se la colgó tocándola como fuera; bailaba como cadáver y el solo que tocó murió entre sus dedos. Y botó el instrumento. Se tiraba al piso. Se arrastraba en él. Se subía a los monitores. Escupía. Se doblaba las piernas. Berreaba. Repitió, acercando y alejando el micrófono a la gente, la palabra “rock” antes de declarar una sentencia irresoluble: ‘Rock Is Dead’. Daba las gracias.