“Nadie probó” fue lo primero que le dijo el ingeniero de audio a aquel hombre, y “disculpa la decepción” fue lo último, minutos antes de que Anthrax empezara a tocar.
Pero el daño ya estaba hecho.
Aún con la gente buscando su asiento en alguno de los lugares agotados en gradas (de acuerdo con organizadores, visible conforme pasó el tiempo), y con la dispersión por una pista dividida en dos –ambas poco concurridas– Pinhed y Haggard abrieron el festival ante un público fresco y ávido por tener una noche inolvidable que cerraría suntuosamente con la participación del cimiento metalero Motörhead.
Los alemanes, Haggard, mostraron el poderío de su metal sinfónico: violines, cellos, sopranos y tenores se conjuntaron delicadamente con la devastación guitarrera y gutural de Asis Nasseri, aún cuando el Palacio de los Deportes comenzaba ya a refrendar su apodo: el rebote del sonido apenas dejó que el himno nacional que ejecutó la banda fuera atendido, mucho mejor que en cualquier ceremonia oficial, por sus seguidores.
Entonces Moonspell evidenció todo. Un retraso aproximado de cuarenta minutos, un set list improvisado y la promesa de volverse a encontrar con la gente en otras circunstancias habría sido suficiente para notarlo. Pero el sonido se empeñó en restregarlo en los oídos de todos volviéndose un abigarramiento de bajo-batería sin posible espacio para la guitarra. La voz de Fernando Ribeiro de pronto logró sobresalir y trató, en vano, de ganar lo que desde un principio estuvo perdido: ni ‘Wolfshade’, ‘Love Crimes’, ‘An Erotic Alchemy’, o la mismísima ‘Alma Mater’ pudieron remontar el marcador en contra.
La suciedad y escasa potencia sonora no abandonaron a la veterana banda de crossover Suicidal Tendencies. Acaso los solos y la voz se abrieron paso a fuerza entre la batería y el bajo inmisericordes. Pero los riffs, el guitarreo –fundamental para cualquier banda metalera, como las protagonistas del Force Fest–, fueron aislados a una cueva lejana para jamás salir de ahí.
Sin embargo –y fue el sello de la noche con cada banda– la gente no dejó de vitorearles y hasta de armar los primeros slams. Lo único claro allí era eso: las bandas y el público son el lazo y la base de cualquier concierto.
Pero lo más triste fue escuchar a Testament descuadrarse y a una canción como ‘D.N.R’ hecha pedazos. Cobijados por la imagen de Eliran Kantor que ilustra su nuevo disco, la banda de Chuck Billy y Eric Peterson fue víctima de aquella masacre colectiva. El llamado a levantarse y gritar “guerra” fue insuficiente al principio, pero avanzado el setlis sus clásicos se sobrepusieron a las fallas técnicas: ‘Into the Pit’ es un himno ineludible que invoca al slam. Como lo es ‘Caught in a Mosh’, de Anthrax.
“Nadie probó” fue lo primero que le dijo el ingeniero de audio a aquel hombre, minutos antes de que empezaran a tocar.
‘Among the Living’ inició y sonó mejor que cualquier canción de la banda previa. Pero las esperanzas fueron inútiles; la mejora del audio fue mínima. “Disculpa la decepción”, había dicho el ingeniero, pero aquello era una tomada de pelo que a nadie parecía interesar. Tocaron ‘In the End’ de su último disco y llevaron a un éxtasis momentáneo a todos cuando tocaron lo inesperado: ‘Raining Blood’ de Slayer. Sólo los primeros segundos.
Es imposible que el mal sonido pueda echarle a perder la noche a Motörhead. Una de las razones es que su música no requiere de florituras que puedan verse afectadas en el acto. Tres instrumentos, tres hombres (Lemmy Kilmister, Mikkey Dee, Phil Campbell) y listo. No hay más, si acaso una lona que dice “los reyes del camino”. Porque lo son. Basta que Lemmy se pare frente al micrófono, no se mueva de ahí, rasguñe su bajo y escupa el aguardiente que es su voz; que Phil Campbell acaso se mueva un poco y haga suya –y nuestra– a la guitarra en la oscuridad; que Mikkey Dee se mueva mucho y toque más, cada tambor y platillo desde su asiento y arroje las baquetas tan alto como la banda misma. Basta que toquen ‘Damage Case’, ‘Killed By Death’, ‘Ace of Spades’ y ‘Overkill’ para que cualquier decepción se vaya directo al infierno.