No se entendía nada. Niño Koi estaba en uno de los lados de la tarima del Rock Fest tocando el eco de algo que sonaba como “Mátalos a todos”, pero no se entendía nada.
El Palacio de los Deportes albergó el sábado pasado a 27 bandas (más una banda conformada por chicos de La Carpio) y ninguna se escapó de los problemas de monitoreo en tarima ni los ecos fuera de ella. Ninguna, de veras, salvo contados casos en que el asunto mejoró, aunque igual no se hubiera alcanzado el 100% de calidad.
Había unas 200 personas allí (calculadas por un servidor de manera arbitraria) y ese número fue la cantidad promedio de público que se mantuvo rotando durante la jornada. Parece mentira pero durante las 13 horas de música no hubo retrasos, más bien, en algún momento, hubo un margen de diez minutos a favor.
Eso no cambiaba las caras de desconcierto entre el público. Quien no conocía las canciones de Niño Koi, The Movement in Codes o Lucho Calavera y no estaba cerca de la tarima no podía disfrutar del concierto. Algunas guitarras no sonaban afuera y las voces de varios (The Movement in Codes, The Great Wilderness, por ejemplo) no se entendían.
Quien topó con mayor suerte, al menos durante ese segmento, fue Pato Barraza, quien sorprendió a muchos al animar a un público en su mayoría de edad colegial, un público que nunca antes había vivido un Rock Fest. Ese parecía ser un común denominador entre muchos de los presentes (me incluyo), de manera que quizá reinaron expectativas bajas sobre lo que ocurriría esa noche (aquí no me incluyo, esperaba un gran espectáculo de cada uno de los grupos).
The Great Wilderness fue otra de las bandas que tuvo una participación corta pero sustanciosa, que aprovechó para presentar temas nuevos como ‘Valley of Light’, parte de ese primer LP que seguimos esperando.
Por su parte, Moldo tocó algunos temas de sus dos producciones, Daramor (2005) y Flores Muertas (2011), en una presentación que si bien no fue emotiva, fue bastante sólida, se notaba la experiencia de músicos como Santos Gassiebayle (Santos&Zurdo, Don Cairo) y Gilberto Jarquín (Malpaís), quienes lo acompañaron y engrandecieron su presentación.
Más adelante serían Los Cuchillos el foco de atención y por un rato, pusieron a bailar a algunos de los que estaban frente a la tarima. Pero el verdadero baile se armó cuando Seka tomó el escenario. ‘Adiós futuro’, ‘No vuelvo más’… Himno tras otro, los turrialbeños saltaban y cantaban y el público se contagió fácilmente de su energía.
“La rueda”, “el slam”, como quieran llamarle, se armó desde la segunda pieza y éste perduró hasta la última, en la cual rindieron tributo a su amada tierra.
Uno de los puntos más altos del Rock Fest 2013 fue cuando Seka invitó al escenario a El Transformer, un MC nicaragüense para cantar su tema ‘Soy de La Carpio’. “Soy de este planeta, soy humano también”, gritaba Douglas, quien vestía un sombrero de paja y una camisa con el nombre de su popular tema.
El público agradeció el gesto con sus aplausos y gritos y Seka abandonó el escenario tras una valiosa lección de unidad regional. Las ruedas y los coros desde el público continuaron durante la tarde con las presentaciones de Calle y Xpunkha, quienes sostuvieron en alto su título de bandas veteranas con shows bastante enérgicos.
Por la noche se presentaron algunos de los actos más esperados: Cocofunka, Sonámbulo y Patterns, por mencionar algunos.
Estos últimos fueron recibidos por un buen grupo que los esperó sentados mientras tocaba Akasha. Michelle González, cantante de Patterns, salió a escena vistiendo un ancho atuendo de una pieza que parecía tener la bandera de los estados confederados y unos tacones. También iba peinada y maquillada para tan importante ocasión: su primera presentación del 2013.
La banda tocó tres piezas que remitieron al pop de los 80s, durante las cuales el público se mantuvo atento, pero inevitablemente quieto, por no conocer muy bien este material de la banda. Michelle se mostró segura en escena, pero falló en contagiar de ese baile a quienes la veían desde el piso.
Eventualmente, ella se despojó de su buzo y quedó en un traje de malla transparente, que dejaba ver un top plateado y una —como lo hubiera dicho Esimple— tangaloneta que le hacía juego. ‘Sunny Days’ fue la pieza con la que cerraron su participación en el Rock Fest y por supuesto, la mejor recibida por los presentes.
Tras un corto set de Evolución (que visitó sus temas más conocidos y escaseó en sorpresas), 424 tomó el escenario y dio una presentación contundente, que demostró la esencia de la banda y defendió su nuevo material.
Fueron agradecidas ‘Cinco Cuartos’ y ‘Verano Verde’, dentro del set, además del evidente apoyo del público en ‘Gala’. Con cada concierto este cuarteto suena mejor y lo más valioso fue notar que, además de su buena interpretación de los temas, estaban disfrutando bastante mientras lo hacían.
Como era de esperarse, Alphabetics armó una fiesta en el lugar y los presentes se soltaron a bailar. Algunos vestían sombreros raros, otros se subían en los hombros de sus amigos y los más dispuestos resolvieron cerrar los ojos y bailar. El que la banda eligiera varias piezas aún inéditas no le restó ganas a la muchachada de bailar.
Y hablando de baile… Cocofunka lo hizo una vez más. Desde hace rato apuestan por tirar sus temas más bailables en vivo y dejarle al resto al público, que, se nota, los quiere. Y ellos como banda saben agradecerlo, siempre les dan más.
Un bloque bastante particular precedió la participación de Gandhi. Insano (un plato fuerte para los metaleros presentes), Percance (plato fuerte para quienes ya habían sido animados por Cocofunka) y El Guato, un grupo que se ha mantenido vigente por los últimos 15 años entre los adolescentes y que fue bastante aplaudido. Giovanny, su cantante se mostró cómodo en el escenario durante todo su espectáculo.
Gandhi empezó bastante fuerte su presentación, con temas como ‘Ondularte’, ‘Sr. Caballero’ y la afamada ‘Arigato’, mientras el público les expresaba su cariño coreando sus piezas. Entre tantas voces distinguí al menos un par de personas con el logo de la banda tatuado en su cuerpo. A ese nivel ha llegado este grupo.
Siendo así, sorprendió que no hicieran algo especial para su presentación. Gandhi es una banda autosuficiente, aunque uno no conozca a profundidad su repertorio, puede pasarla bien en sus conciertos, pero esta fue una oportunidad única que dejaron pasar para subir a alguien especial. Para cambiar de instrumentos entre ellos. Para liberar 200 mariposas en el lugar o tener un tigre entrenado en el escenario (bromeo, pero hubiera sido bonito “algo”).
El punto más bajo fue cuando interpretaron ‘Lo que Más Dolió’. Es raro señalar de esta manera a una favorita personal, pero quizá ésta sea más fácil de disfrutar solo en casa con una taza de café que en un concierto de ese tamaño. Si no fuera por el solo de Federico Miranda y esa parte de la canción en que Luis Montalberth dice “páginas perdidas” la atención del público se hubiera perdido.
El momento más alto fue cuando el público cantó a capella y con bastante precisión el coro de ‘Seca Roja Reja’, demostrando de manera honesta y directa su cariño hacia la banda. Estar en medio de tantas personas cantando fue un momento único y escalofriante (en el buen sentido).
Durante esos segundos no importó el sonido, no importaron las 12 horas en Heredia, no importó que Luis no se despegara de su bandera; la unión de las voces generaba una extraña catarsis, un alivio que me distanciaba de la individualidad y me hacía sentir parte de una comunidad con un interés único: disfrutar de lo que estaba pasando.
Ese momento fue grande. Pero lo que vino a hacer Sonámbulo después fue magnífico.
Ya se sabe que estos once tipo se alían para poner a bailar, cantar y saltar a la gente. Pero, ¿moverla de un lado al otro? ¿controlarla a su antojo? Es difícil describir lo que pasó, pero Sonámbulo hizo que los que estábamos en el piso nos moviéramos de izquierda a derecha según sus indicaciones; imaginen un par de cientos de personas bailando pa’ este lao’ y pal’ otro solo porque sí. Imaginen cientos de personas sonrientes de zapateando al unísono. ¿Absurdo, cierto? Afortunadamente, sí pasó.
Quedó claro que la forma en que Sonámbulo se conecta al público trascendió las condiciones del momento y los coronó, una vez, más como uno de los actos más relevantes de las escena local.
“Dejen de pensarlo tanto…”, es la primera frase que acuñan cuando recitan en el tema ‘Manifiesto’, frase significativa para disfrutar de cualquier experiencia: aflojar los brazos, izar las velas y dejarse ir.
Este final tan movido se sintió aún más grande porque lograron mover a un público que se mantuvo frío, pero quizá esto —perdonen la insistencia— se debió a la dificultad para entender lo que venía desde el escenario. La organización dice que es muy improbable que se vuelva a realizar un Rock Fest. Me queda claro que momentos como los que ofrecieron Gandhi y Sonámbulo son prueba de que el día valió la pena, pero no podemos dejar de lado la forma solo por el fondo: las bandas se merecen mucho más que los rebotes de un mal llamado palacio. Desearía otro Rock Fest, pero que se hiciera bien.