Si el ir y venir festivalero fuera una disciplina deportiva, Lollapalooza Brasil sería uno de los circuitos de mayor dificultad, con variables como las distancias, el barro, los horarios respetados al máximo y la multitud como características centrales. Por eso, en medio de un predio de la extensión de un parque público, con cuatro grandes escenarios bien distribuidos temporal y acústicamente y con la variedad de artistas en oferta, el segundo día del festival se tradujo, para muchos, en un movimiento incesante que empezó apenas pasado el mediodía, con la humedad de San Pablo como cómplice morboso.
En ese contexto, que una de las primeras cosas que se hayan podido ver en el escenario Jardim (a las 2 y 30 de la tarde) haya sido Toro y Moi fue igualmente hermoso e injusto. La banda detrás del proyecto de Chazwick Bradley Bundick es una catarata de groove, modulaciones siempre tramposas y un sincretismo de pop y música negra que, lejos de sonar repetitivo, contagia por su personalidad. Sin embargo, un show con esa presencia de graves -aunque a veces en exceso-, con ese guitarrista (señoras y señores, con ustedes ¡Jordan Blackmon!) y con esa animosidad hubiera merecido un lugar más nocturno en la grilla. Como para bailar y aplaudir sincopadamente bajo la luna y no en medio de un mar de transpiración.
Entonces, una de las cosas que quedaron en claro a lo largo del segundo día del festival es que hay formas y formas de interactuar con el pasado. La de Gary Clark Jr. tiene que ver más con disfrutar y con hacer disfrutar que con establecer relaciones e intercambios. Una de las atracciones que llegaba con el cartel de “joven promesa” evidenció que su propuesta, simple y sin ninguna gran búsqueda, está basada en un virtuosismo de calle, no de escuela. Manejó a placer el blues, el rock and roll clásico y el funk, pero, por sobre todo, mostró una admiración explícita por el tipo de vínculo físico entre hombre e instrumento que han sabido patentar héroes de la guitarra como Jimi Hendrix, Pete Townsend o el propio Stevie Ray Vaughan. Además, se ganó al público a base de solos y cierta demagogia rockera propia de este tipo de eventos.
Después del aclamado show de Two Door Cinema Club y en el mismo momento en el que Alabama Shakes realizaba una presentación que la prensa brasileña terminaría considerando “histórica”, Franz Ferdinand protagonizó el primer concierto realmente masivo del día sábado. En sincronía con el caer de la tarde, la banda de Alex Kapranos mostró porqué pueden ser considerados herederos naturales de los Talking Heads. Lo suyo es finura escosa tamizada con post-punk, música disco y algún esbozo de africanismo (como cuando los cuatro miembros de la banda del archiduque tocan conjuntamente la misma batería). No obstante, y pese a grandes momentos como ‘The Fallen’ o ‘This Fire’, el grupo parece haber quedado estancado y su arsenal de canciones necesita renovarse en términos mediáticos. Es buena noticia, entonces, que su retrasado cuarto álbum tenga fecha de salida para este año.
Otra cosa igualmente necesaria se vislumbró en la última parte de la noche. Quién haya sido el responsable de programar en conjunto a Queens Of The Stone Age y The Black Keys en un mismo escenario merece un premio por su buena intuición. Sin dudas, ambos fueron los shows máximos del segundo día y, al menos hasta ahora, de todo el festival. La banda de Josh Homme -genuinamente sorprendido con el cariño del público- consiguió uno de los mejores resultados a nivel sonoro y lo hizo con un volumen verdaderamente exuberante. Pero, además, QOTSA ratificó el hecho de que su música es apta para una variedad más que interesante de público. Aquellos que gusten del metal, aquellos que estén obsesionados con los pedales de efectos y las texturas, aquellos que se estremezcan con los cortes instrumentales, aquellos que lleven el punk en la sangre, aquellos cazadores de melodías, aquellos que no puedan evitar derretirse con los falsetes; todos encuentran cobijo en la música multiforme, potente y emocionante de Homme y compañía.
Por su parte, The Black Keys parece estar redondeando los mejores años de sus vidas. Después del éxito de “El Camino” (2011), la banda ingresó en un espiral de reconocimiento público que los ubica al cierre de los festivales más importantes del mundo. Lollapalooza no fue la excepción y los encontró de cara a un público de alrededor de 50.000 personas. De todas formas, Dan Auerbach y Patrick Carney no parecieron alterados. Fueron la aplanadora que todos esperaban y gracias al aporte sólido de su banda de apoyo hicieron un repaso exhaustivo de buena parte de su discografía. Pero lo fundamental es cómo lo hicieron. Con canciones que no dejan de remitir a una estética ampliamente revisitada, los Black Keys condensan su unicidad en una interpretación apabullante, con una capacidad de manejar acentuaciones, dinámicas e intensidades que los distingue de la media. Cuando hay que explotar, explotan llenos de rabia, con espuma saliendo de sus bocas. Cuando hay que tocar más bajo que los murmullos de la gente, llegan a mimetizarse con el ritmo de la noche paulista. Y cuando tienen que ser sólo ellos dos arriba del escenario, sacan a relucir cómo llegaron a convertirse en una de las bandas más grandes del mundo. Tocando, tocando y tocando hasta ser una sola entidad.